Crossover

Nunca se me hubiera ocurrido pensar que algún día iba mirar hacia atrás y descubriría que ya no pertenecía a ninguna parte. No sabía cuándo o en qué momento había ocurrido o si es que yo había hecho algo, pero lo cierto es que me di cuenta que el país en el que había nacido se había convertido en un referente geográfico que solo podía reconocer a través de un mapa. Pero eso no fue lo que me preocupó, pues desde hacía bastantes años que ya no me sentía apegado a ese país, ya no le veía como algo mío sino como una simple circunstancia en la vida que me había tocado vivir; ese país llamado México había prácticamente desaparecido de mi vida, y no me causó aprehensión alguna, más bien fue la sensación del vacío, eso que se experimenta al perder algo sin habérnoslo propuesto.

Y ya no solo fue el terruño, sino también el idioma en el que había aprendido a imaginar el mundo, ya no era el mismo sino porque se había transformado en otro muy distinto en su sonido. Y esto sí que me inquietó, pues pasé por una etapa en la que sufría por recordar palabras como “aturrullamiento”, “mendacidad” o “apego”, y sé que puede sonar un tanto ridículo puesto que estas palabras, entre las tantas más que me afanaba en recordar, no han dejado de pronunciarse, hay quienes todavía las repiten prácticamente todos los días, y no habría razón en querer recordarlas. Pero para mí estas palabras, “extravagancia”, “tribulación, “enigma” o “latrocinio”, el recordarlas, era importantísimo en mi vida. No poder recordarlas representaba no recordarme a mí mismo, sobretodo no recordar el momento en que las escuché por primera vez, o no recordar a la persona que por primera vez la pronunció. Y claro, habrá quien crea que nadie debería perder su tiempo en nimiedades como esas, pero no creo que entonces me puedan entender.

¿Es que debería importar de dónde venimos para entender quiénes somos? ¿Es que deberíamos saber pronunciar una palabra en un solo mismo idioma para saber que la entendemos, sobretodo que nos hacemos entender? Cuando miraba hacia atrás pensaba que no podía olvidar mi origen porque pensaba que solo así podía estar seguro de que pertenecía a alguna parte, sin embargo no tomaba en cuenta que solo se puede pertenecer a aquello de lo que se forma parte, aquello que de alguna forma te constituye, y me en mi caso, desafortunadamente, no podía pertenecer a un recuerdo, o a una memoria que conforme pasaba el tiempo se iba borrando de mi cabeza. 

¿Cómo es que, entonces, se puede seguir viviendo? Una vez que nos hemos sido desterrados, ya no podríamos justificar nuestro origen, ya no podríamos ser hijos de ninguna parte. Quizá en lo único que podríamos convertirnos es en sempiternos nómadas, obligados a vivir lejos del mundo, sin pasado, fuera del tiempo, por el resto de nuestra vida. O puede que no, todavía no estoy completamente seguro.

Ya no fue haber dejado México, fue haberme internado en lo desconocido, y sabía que corría el riesgo de poder perderlo todo, ya no solo mi dignidad y mi orgullo, además las palabras, y la voz con que podía pronunciar cualquiera de esas palabras. Y luego de haber cruzado la frontera ya no puedes dar marcha atrás, sabía que mi presente se iba a convertir en pasado y que tal vez solo podría revivirlo en mis sueños, y nada podía hacer al respecto, no tenía otra opción, o más bien no quise concebir ninguna otra opción, así que simplemente cerré los ojos imaginando que tal vez un día volvería a recuperar mi vida, aun si no fuera en su totalidad, aun si solo fueran fragmentos que sabría guardar para, en su momento, lograr unirlos todos y así poder alcanzar la totalidad. Pero para eso faltaría mucho, mucho más de lo que hubiera imaginado.

Algunas veces llegué a pensar que nada de lo que he vivido en más de quince años viviendo en este país ha significado algo en mi vida. Pero creo que estaba equivocado, porque ahora, que el tiempo ha pasado, me di cuenta que, contrariamente, todo aquello que en algún momento representó mi vida, o más bien la vida que tuve en México, perdió peso y consistencia, porque pertenecía al pasado, pero yo no. Ese tiempo pasado se había quedado enterrado en alguna parte de la frontera entre los Estados Unidos y México y yo ya no estaba interesado en regresar a recuperarlo. Poco a poco fui descubriendo que a pesar de que nunca aprendí a vivir en la instantaneidad de mi tiempo porque pensaba que no valía la pena en pertenecer al presente, aprendí a traspasar el limite de esta frontera imaginaria entre México y Estados Unidos, y no supe cómo, ni cuándo, solo sabía que ya no podía hacer nada salvo haberme rendido, o es que me dejé conducir por lo que a partir de entonces se había convertido en mi realidad. Qué irónica era la vida, pensé, y aunque hubiera querido lamentarme, me causó gracia.

 Siempre me interesó la historia de Jonás y la ballena, lo que para ese hombre ordinario debió haber significado vivir alejado de su realidad, lo que habrá experimentado, sobre todo si de verdad estuvo solo, sin nadie a quien pudiera hablarle, nadie quien pudiera responderle, nadie quien pudiera guiarlo en la oscuridad que lo rodeaba. ¿Cómo habrá sido su tiempo? ¿Qué es lo que habrá pensado, y sentido, y qué lo que habrá imaginado? ¿Es que una vez que fue expulsado por la ballena Jonás dejó del ser el mismo? Siempre me he preguntado si de verdad cambió, o es que siempre fue el mismo, como si luego de haber sido tragado por la ballena algo más en él se despertó, y no precisamente la ovación religiosa, sino un nuevo sentido de pertenencia, como si hubiera recuperado su existencia. Al menos eso creo. ¿Cómo habrán sido los sueños de Jonás en el interior de la ballena?

Jonás ya no fue el mismo pero al mismo tiempo lo siguió siendo. Cuando miré hacia atrás me di cuenta que yo ya no era el mismo, pero algo me decía que todavía lo seguía siendo. ¿Quién era yo entonces? ¿Quién soy yo ahora? Claro, nadie tendría que saberlo, o nadie tendría que vivir atormentándose con una pregunta así. Ignoro si todo el mundo vive constantemente interrogándose así mismo, queriendo saber quienes son, si son estos y no otros. Probablemente nadie lo hace, probablemente solo unos cuantos desadaptados son lo que se persiguen a sí mismos, seguros de que un día lograran dar con su escondite.Pero de eso hace mucho, porque ya no miro hacia atrás, ya no busco en el pasado aquello que creía haber perdido, ni mi país ni mi lengua, ni siquiera la forma en que sueño, si es que lo hago imaginándome en el interior de una bestial ballena llamada los Estados Unidos.